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Día 5: La Crucifixión de Jesús
April 10, 2020, 1:44 PM

Día 5: La Crucifixión de Jesús

Lea Mateo 27:1-61

Cuando Jesús clamó en voz fuerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” en el versículo 46, estaba sufriendo la separación de Dios por nuestra reconciliación. Este grito en la cruz no fue un grito de incredulidad, confusión o desesperación. Jesús no dudaba del Padre, y no estaba confundido acerca de lo que le estaba sucediendo. No debemos pensar que Su clamor desde la cruz era como si le estuviera diciendo a Su Padre: “¿Por qué me estás haciendo esto?” Él sabía todo lo que estaba sucediendo en ese momento; de hecho, Él había predicho este momento (Mateo 17:22-23; Marcos 9:31), y se había sometido voluntariamente a este momento (Juan 10:17-18). Jesús tuvo confianza en el Padre incluso cuando experimentó el abandono.

El clamor de Jesús en la cruz fue uno de agonía física, angustia espiritual y abandono relacional. Él citó el Salmo 22. Entender este salmo es clave para entender este clamor. Mucho se podría decir sobre los temas en este salmo y su relación con la crucifixión, pero por ahora debemos notar que este fue un grito de agonía física mientras Jesús colgaba físicamente en la cruz. El Salmo 22:14-16 captura esta angustia física: “14 He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. 15 Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte.16 Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies.

La angustia física de Jesús fue muy real y su sufrimiento fue inmensamente intenso.

Sin embargo, como notamos anteriormente, el clamor de Jesús en la cruz también fue un clamor de angustia espiritual. Jesús experimentó la ira de Dios por cargar con nuestros pecados, y no solo por un momento, sino por horas. Envuelto por oscuridad y abrasado por el dolor, Jesús experimentó la copa de la ira de Dios.

Además, esto también fue un grito de abandono relacional. De manera misteriosa, Cristo fue alejado no solo de sus amigos, sino también del Padre. Esta es la maldición de la cruz (vea Gálatas 3:13). Al entrar bajo la sentencia del pecado, Jesús fue cortado de la presencia favorable del Padre. La presencia de Dios era real en la cruz, pero su presencia era en juicio y la ira hacia el pecado. A Jesús se le dio la paga merecida de nuestra desobediencia. Esto es a lo que Pablo habla en 2 Corintios 5:21 - “Pues Dios hizo que Cristo, quien nunca pecó, fuera la ofrenda por nuestro pecado, para que nosotros pudiéramos estar en una relación correcta con Dios por medio de Cristo.

Jesús experimentó la separación de Dios que nosotros como pecadores merecemos, para que tú y yo podamos recibir la reconciliación. Ese es el efecto de la cruz para todos los que confían en Jesús. Antes de la cruz, fuimos expulsados de la presencia de Dios; pero gracias a la cruz, ahora estamos invitados a la presencia de Dios.

Esta entrada a la presencia de Dios es la razón por la cual, justo después de la muerte de Jesús, la cortina del templo se rasgó en dos, de arriba abajo (Mateo 27:51). La barrera que separaba al hombre de Dios fue arrancada por Dios para que los pecadores merecedores del infierno pudieran ser bienvenidos con seguridad a la presencia del Dios infinitamente santo del universo.

¿Ves ahora por qué la cruz es tan importante? Lo que sucedió en la cruz fue mucho más que un hombre desnudo muriendo en un madero al lado de la carretera en una parte del mundo. Este fue el Dios santo del universo que dio a Su Hijo unigénito para que muriera, sufriera nuestra condena y sufriera nuestra separación para que pudiéramos ser declarados justos y bienvenidos a Su presencia.

¡Gracias Jesús por ir a la cruz por mí!


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