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November 3, 2019, 7:00 AM

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO: UNA PERSPECTIVA BÍBLICA



Por John Polhill

Lifeway - Estudios Bíblicos Para La Vida

En Juan 16:7, Jesús dice que enviará al «Consolador» o ayudador a los discípulos después de Su partida de esta tierra. El texto utiliza una palabra griega (parakletos) que suele traducirse como «Paracleto». Jesús estaba hablando del Espíritu Santo, como demuestra Su referencia al «Espíritu de verdad» en el v. 13. Esta palabra tan inusual, Paracleto, resume algunas de las funciones principales del Espíritu Santo en la Biblia.

 

SIGNIFICADO DE LA PALABRA «ESPÍRITU»

El Antiguo Testamento utiliza la palabra hebrea ruach para referirse al Espíritu Santo; en el Nuevo Testamento, la palabra griega correspondiente es pneuma. Ambas tienen un abanico de significados similares. Las dos pueden significar «viento». El viento (ruach) de Dios partió el Mar Rojo (Éx. 14:21). De forma semejante, Jesús comparó el movimiento libre del Espíritu Santo con el viento (pneuma) que sopla de donde quiere (Jn. 3:8). Ruach y pneuma pueden también referirse al ‘aliento de vida’, como en la visión de los huesos secos que cobran vida cuando Dios sopla sobre ellos, en Ezequiel 37:9-10, y el último aliento que Jesús entrega en la cruz (Mt. 27:50).

El significado principal, tanto de ruach como de pneuma, es «espíritu». Puede referirse al espíritu humano, como suele usarse en Proverbios (16:18; 17:22; 29:23). También puede referirse a un espíritu en el sentido de «fantasma», como cuando los discípulos se encontraron por primera vez con el Jesús resucitado y pensaron que habían visto Su fantasma (Lc. 24:37). No obstante, en la mayoría de los casos, se refiere al Espíritu divino, el Espíritu Santo, a quien el Antiguo Testamento suele llamar «Espíritu de Dios» o «Espíritu de Jehová».

 

EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

En resumen, la referencia al «Espíritu de Dios» denota la presencia y el poder de Dios,1 en la referencia al Espíritu de Dios sobrevolando el caos acuático en el momento de la creación (Gén. 1:2). De mayor relevancia para el estudio del Espíritu Santo son las ocasiones en que el Espíritu de Dios obró directamente sobre individuos. El Espíritu descansaba sobre toda clase de personas. Él fue quien dio habilidad a los hombres que construyeron el tabernáculo (Éx. 31:1-5). Dotó para el liderazgo a los jueces, como Gedeón (Jue. 6:34) y Jefté (11:29). Y era el origen de la fuerza de Sansón (14:6, 19).

Dios podía dar o retirar Su Espíritu: el Espíritu dotó a Saúl del poder de testificar y de fuerza (1 Sam. 10:10; 11:6), pero el Señor quitó Su Espíritu de Saúl cuando Saúl le desagradó, y lo remplazó por un espíritu maligno que lo atormentaba (16:14).

El Espíritu de Dios estaba particularmente relacionado con la profecía. Los profetas rara vez manifiestan directamente que el Espíritu de Dios los inspiraba. Lo más habitual es que dijeran que había venido sobre ellos «palabra de Jehová» (Jer. 1:4, 11). La excepción es Ezequiel, que suele hablar de que el Espíritu venía sobre él (Ezeq. 2:2; 11:24). La «doble porción» del espíritu que Eliseo solicitó a Elías seguramente era el Espíritu de Dios que descansaba sobre el profeta más anciano (2 Rey. 2:9). Isaías relaciona la venida del Espíritu con los tiempos mesiánicos. Él predijo que el Espíritu descansaría sobre el descendiente mesiánico de Isaí (Is. 11:1-2) y que el Siervo de Jehová iba a ser ungido con el Espíritu (42:1). Joel también habla de que llegaría el momento en que Dios iba a poner Su Espíritu, no solo sobre unos pocos elegidos, sino sobre todos los que invocaran al Señor (Joel 2:28-32).

 

EN EL NUEVO TESTAMENTO

Con el último de los profetas muchos en Israel pensaron que el Espíritu de Dios había dejado de obrar en su tierra. Esto cambió con la venida de Jesús. Lucas relata que la venida de Jesús fue acompañada por la actividad del Espíritu. La concepción virginal del Jesús fue obra del Espíritu Santo (Lc.1:35). Juan el Bautista, precursor de Jesús, iba a ser lleno del Espíritu (v. 15). Por el Espíritu, tanto la madre como el padre de Juan profetizaron sobre el nacimiento de Jesús (vv. 41, 67), como también lo hizo el anciano Simeón en la dedicación del Niño Jesús (2:25-32). En el bautismo de Jesús, Juan contrastó su propio bautismo con el bautismo en el Espíritu que Jesús iba a brindar (3:16). Jesús confirmó Su carácter mesiánico en el sermón en la sinagoga de Nazaret, aplicando a Sí mismo la profecía del libertador ungido por el Espíritu de Dios (4:18).

El Espíritu en Hechos. Hechos relata la historia del don del Espíritu, dado por Jesús a todos Sus seguidores en Pentecostés, dándoles poder para testificar (Hch. 1:8). Pedro explicó a la multitud maravillada que se había reunido para Pentecostés que así se cumplía el derramamiento del Espíritu que Dios había prometido según el profeta Joel (vv. 16-21). El libro refiere muchas facetas de la obra del Espíritu. Existen dos aspectos que revisten especial importancia. Primero, el Espíritu es posesión (marca distintiva) de todo creyente cristiano. Aunque pueden existir casos de inspiración especial, como sucedió con Esteban (7:55), el Espíritu es el don de Dios para todo seguidor de Cristo (2:38). Segundo, en Hechos, la obra principal del Espíritu es capacitar a los creyentes para dar testimonio del Salvador. Con el poder dado por el Espíritu, los creyentes deben testificar (1:8).

Ningún escritor del Nuevo Testamento habla más que Pablo de la obra del Espíritu en la vida del creyente, y en ningún pasaje lo hace con más detalles que en el capítulo 8 de Romanos. Allí, Pablo declara que el Espíritu Santo es la marca de que una persona pertenece a Cristo (Rom. 8:9). Solo el Espíritu puede permitirnos lidiar eficazmente con el pecado y vivir según la voluntad de Dios (vv. 1-4). Pablo explica que el Espíritu es la base ética que vivifica toda la vida cristiana, mientras que la carne produce muerte (vv. 5-8, 12-13). El Espíritu Santo, entonces, es nuestra garantía de que participaremos de la resurrección (v. 11; ver también 2 Cor. 5:5). También Él nos ayuda en nuestro sufrimiento y nuestra«debilidad, e intercede por nosotros delante de Dios (Rom. 8:26-27). En otro pasaje, Pablo habla de que el Espíritu es la fuente suprema de sabiduría y conocimiento de Dios (1 Cor. 2:9-16). Él nos limpia de pecado y nos justifica ante Dios (6:11). Solo Él hace posible que vivamos una vida cristiana fructífera (Gál. 5:16-26).

Pablo habla del nuevo pacto basado en el Espíritu (2 Cor. 3:3-18). Cada miembro del pueblo de esta nueva comunidad de Cristo posee el Espíritu, y ese pueblo logra su unidad al trabajar y aceptar la diversidad de los dones del Espíritu (1 Cor. 12:4-11). El Espíritu es la fuerza aglutinadora que unifica a todo el cuerpo de Cristo y le permite trabajar y dar testimonio de manera eficaz (Ef. 2:18-22; 4:3-13).

El tratamiento más extenso sobre el Espíritu en Juan se encuentra en las enseñanzas de Jesús a Sus discípulos luego de la Última Cena. Él promete a sus discípulos que no los dejará «huérfanos», sino que les enviará el «Espíritu de verdad», que estaría en ellos (Jn. 14:15-18). La palabra «Paracleto» es rica en contenidos sobre la obra del Espíritu en el creyente. Significa, literalmente, alguien que «llama a un lado» a otro, alguien que asiste a otro. Esta asistencia puede ser brindada en carácter de consolador, intercesor, ayudador o alentador. Juan relaciona especialmente al Paracleto con la enseñanza y con la recordación de las enseñanzas de Jesús a Sus discípulos (v. 26).

En muchos sentidos, este poder para testificar constituye el punto más elevado de la enseñanza bíblica sobre el Espíritu. Esto se confirma en Juan 20:22, cuando Jesús «sopla» el Espíritu sobre Sus discípulos como anticipo del derramamiento definitivo que se produciría en Pentecostés. El don del Espíritu subyace al perdón divino que se produce como consecuencia del testimonio de fieles discípulos cristianos, hecho posible por el Espíritu (20:23). Este don del Espíritu es, entonces, tanto poder como un mandato de testificar para todo verdadero seguidor de Cristo.

JOHN POLHILL es profesor de Nuevo Testamento retirado de The Southern Baptist Theological Seminary, Louisville, Kentucky.

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